Todas las circunstancias se daban para que este año el Desembarco Vikingo fuese muy concurrido. Pero las mejores expectativas comenzaron a desbordarse ya el sábado al mediodía, cuando cientos de personas se acercaron al Xantar.
El día grande se confirmó. Desde primera hora de la mañana, los más madrugadores y también los más precavidos (que evitaron así caravanas kilométricas) se dieron cita en el recinto de As Torres, donde mejillones y vino se repartían como panes y peces, al ritmo que ponía la espectacular representación de Upsala Medieval.
A medida que se iba acercando la hora del Desembarco, iba llegando más y más asistentes, la mayor parte ataviados con las ropas de “gala” para la ocasión, los ojos y el rostro pintados y la sed de victoria a rebosar. Todo a punto estaba cuando empezaron a verse, de lejos, las embarcaciones normandas.
No pudieron los vikingos consultar Meteogalicia durante su larga travesía y no contaban con las mareas bajas del Ulla. Uno de los barcos encalló y otro tuvo algún que otro problema, pero finalmente hubo Desembarco y, pese a los rostros guerreros, un recibimiento de lo más festivo.
Evolución de la fiesta
La Romaría de Vikinga se puso en marcha, por primera vez, en los años 60. Fue a través del grupo artístico y cultural Ateneo Vikingo, que reivindicaba la historia y la cultura como esencias.
Durante 25 años se encargaron de su organización pero, debido a las dimensiones que comenzó a adquirir el evento, desde 1989 se hace cargo el Concello. Las embarcaciones que se utilizan durante el desembarco fueron construidas en base a los contactos con los países nórdicos, en cuya cultura naval se inspiran.
Desde entonces, la programación se fue ampliando hasta ser de una semana. Teatro, actividades infantiles y conciertos se dan la mano durante las fiestas. Durante estos días, Luar na Lubre, Dakidarría o Celtas Cortos, entre otros grupos, pasaron por Catoira.