A principios de los años 60 la vida en el rural vilagarciano transcurría sin prisas, sin la presión de los horarios y las actividades extraescolares que manejan los niños de hoy en día. Así lo recuerda Juan Francisco Pérez Domínguez. Él –nacido en Pontevedra, pero casado en Vilagarcía– fue maestro en la escuela unitaria de A Torre, una de esas pequeñas “universidades locales” que hoy en día están desapareciendo por la falta de niños, pero que mantenían el encanto de las horas de estudio pegadas a casa. “Pues en el curso 62-63 había una matrícula de 60 niños. Eran todos hombres, porque en aquel momento los niños y las niñas cursaban los estudios en escuelas separadas”, explica el maestro. De hecho su mujer se encargaba de impartir clase en una aula de niñas, también en la capital arousana.
“Tenía alumnos desde los 6 a los 14 años. Estaban en la escuela el tiempo que les llevaba sacar los estudios primarios. Iban a examinarse a Pontevedra”, explica Juan Francisco Pérez Domínguez. El maestro indica que en aquellos años académicos no había horarios. “Muchos venían cuando podían. Era una época en la que los niños tenían que ayudar mucho en casa, a sus familias”, reconoce. Algo que sucedía sobre todo en un entorno rural como era el de A Torre, a donde acudían también los pequeños de Trabanca.
¿Qué se estudiaba? “Pues las asignaturas que aparecían en la Enciclopedia Elemental, la básica y la superior”, señala. Los niños aprendían a leer, a escribir, las reglas matemáticas básicas y acaban las clases sabiendo de geografía, historia y ciencias naturales. Todo en la misma aula, sentados en bancos y con la pizarra a modo de cuaderno. “Muy diferente a como son ahora las clases”, reconoce el maestro. Muchos de aquellos alumnos lo ven por la calle y lo saludan. “Son años muy buenos para los niños y también para un maestro. Yo llegué con 31 años”, declara con emoción Juan Francisco.